Andy Burnham, quien durante años ha mostrado dotes de primer ministro desde un andén de tranvía en Manchester, se perfila ahora como el favorito para dirigir el Reino Unido. Sin embargo, los fundadores de empresas, quienes han construido negocios reales con esfuerzo y sacrificios, se preguntan si verdaderamente está de su lado.
Como alguien que asesoró al gobierno de David Cameron en materia empresarial y trabajó junto a Lord Young de Graffham, considerado uno de los mayores expertos en negocios en Whitehall, sé que el crecimiento no se genera con discursos o informes superficiales, sino escuchando a quienes han vivido las dificultades de pagar nóminas y mantener su negocio a flote. Aquellos informes sobre pequeñas empresas, aunque poco poéticos, lograron impactar y activar cambios necesarios; hoy necesitamos ese enfoque práctico en el debate político.
Burnham no es un adversario del mundo empresarial en el sentido obvio. Propone una «socialdemocracia amigable con los negocios», un concepto que sin embargo se diluye en la burocracia. Su intención de reducir las tasas municipales para pequeños comercios es un gesto bien recibido, pero no suficiente para convencer a los empresarios. De hecho, una encuesta reciente refleja que ocho de cada diez propietarios de pymes temen lo que supondría un gobierno de Burnham para sus empresas.
El punto crucial que Burnham debe captar es que la verdadera fuerza de una economía saludable no está solo en crear riqueza, sino en cómo esa riqueza se reinvierte. El emprendedor que vende su empresa de software por millones no oculta ese dinero; reinvierte al apoyar a nuevos emprendedores, mentorear y establecer fondos de inversión, creando así un ciclo virtuoso que impulsa prosperidad real y crecimiento sostenido.
Lo preocupante es que los empresarios enfrentan enormes riesgos y sacrificios personales, pero perciben señales de que al alcanzar el éxito serán penalizados con impuestos a la riqueza o gravámenes inmobiliarios, fórmulas cambiantes delimitadas por grupos de enfoque. La ambigüedad y las dudas resultan más aterradoras que malas noticias claras, pues impiden planificar a largo plazo.
El dinero está disponible para continuar impulsando la economía, pero el reto no es solo generar riqueza inicial, sino evitar que capitales huyan a destinos más atractivos fiscal y regulatoriamente como Lisboa o Dubái. Este problema tiene solución, pero requiere que, a diferencia del actual Gobierno, el próximo prime minister escuche a los emprendedores sobre cómo facilitar el acceso a financiación en vez de imponerles discursos sobre justicia social.
¿Puede Burnham lograr esa confianza? Sí, aunque ello exige un cambio profundo en su perspectiva, alejada del tradicional sindicalismo. Necesita un asesor de la talla de Lord Young—un empresario experimentado que aporte sabiduría práctica en Downing Street—y debe ver a los fundadores como la gallina de los huevos de oro, no solo como una fuente de impuestos.
Burnham posee carisma y una conexión genuina con el norte de Inglaterra, pero le falta una promesa creíble a los creadores de riqueza de que su éxito será celebrado y no confiscado. Si cumple esa promesa, podría convertirse en una grata sorpresa para el país. En caso contrario, el ciclo económico se frenará, el capital se marchará y todos saldremos perdiendo. Está en sus manos, Andy. La tetera está lista.

