En una entrevista con Gustavo Razzetti, estratega en cultura laboral y CEO de Fearless Culture, se analiza por qué las empresas, pese a invertir grandes sumas en programas de bienestar, seguridad psicológica y tecnologías avanzadas, no logran que sus empleados expresen sus opiniones y preocupaciones.
Razzetti acuña el término «paradoja de la inutilidad» para describir el momento en que los trabajadores dejan de hablar no por miedo, sino por sentir que sus palabras no generan ningún cambio real. Según su investigación, el 64,6% de las personas se calla porque consideran que expresar sus ideas «no servirá de nada». Por tanto, el problema no es la seguridad psicológica, sino la falta de acción visible tras el diálogo.
La solución, señala, es volver a conectar la voz con la acción: cerrar el círculo comunicativo con ejemplos claros de cómo el feedback ha impactado las decisiones, aunque sean cambios pequeños. De lo contrario, el silencio se vuelve una respuesta lógica y costosa.
En cuanto a la inteligencia artificial, Razzetti advierte que, en lugar de fomentar la expresión, puede agravar el silencio. La IA sólo amplifica la cultura existente, sea buena o mala. Por ejemplo, en equipos que evitan conflictos, la IA puede acentuar el conformismo y la mediocridad, pues prioriza la armonía artificial sobre la crítica constructiva.
El concepto de «deuda conversacional» es clave: son las consecuencias acumuladas de conversaciones evadidas o mal gestionadas. Esta deuda se manifiesta en confusión, falta de compromiso, proyectos estancados y rotación de talento.
El peligro de confundir la cortesía con el rendimiento también se analiza. Una cultura que premia la «amabilidad» sin promover el reto constructivo favorece la mediocridad y el estancamiento.
Razzetti explica que en entornos híbridos y mediáticos por IA el silencio es más difícil de detectar, ya que las dudas y desacuerdos se expresan en mensajes privados, no en reuniones visibles para todos.
Para quienes dudan en alzar la voz, el consejo principal es comenzar poco a poco, planteando dudas o preguntas claras que permitan ir construyendo un diálogo auténtico y efectivo. Porque aunque hablar no asegura un cambio inmediato, callar garantiza que la perspectiva valiosa jamás llegue a oídos decisores.
Finalmente, el experto menciona cómo casos emblemáticos como Boeing, Enron o FTX no se deben sólo a malas decisiones de liderazgo sino a fallos en las conversaciones internas, donde señales de alerta no fueron abordadas a tiempo, incrementando la deuda conversacional hasta el colapso.
En resumen, el verdadero progreso organizacional depende de lograr que las voces se traduzcan en acciones concretas y no en gestos vacíos de participación.

