El precio del petróleo Brent, referencia global, ha descendido hasta situarse por debajo de los 72,48 dólares por barril, un nivel que no se veía desde antes del estallido del conflicto entre Estados Unidos e Irán a finales de febrero. Tras tocar ese mínimo, el precio ha repuntado ligeramente hasta 73,23 dólares.
Desde que Teherán reaccionó cerrando prácticamente el paso por el estrecho de Hormuz, que concentra un gran porcentaje del transporte marítimo mundial de crudo y gas, los mercados energéticos han vivido meses muy complicados. Este cierre ha disparado los costes de combustible para sectores como el transporte, la hostelería y la agricultura en el Reino Unido, donde muchas pequeñas empresas han luchado por absorber gastos que no podían trasladar a sus clientes.
La tendencia bajista comenzó el 17 de junio, día en que Washington y Teherán firmaron un Memorándum de Entendimiento que abrió un periodo de 60 días para negociar el programa nuclear iraní y otras medidas que podrían conducir al fin del conflicto. Las conversaciones celebradas en Suiza el pasado fin de semana condujeron a la relajación parcial de las sanciones estadounidenses sobre las exportaciones de petróleo iraní.
Desde la firma del acuerdo, el tráfico de barcos en el estrecho de Hormuz ha aumentado de manera significativa. Según la firma de inteligencia marítima Kpler, desde el 18 de junio han cruzado 284 buques, una cifra aún por debajo del promedio diario de 138 barcos antes del conflicto. Estos incluyen transportes de crudo, gas natural licuado, fertilizantes y otros productos.
Además, Estados Unidos e Irán han establecido una «línea de comunicación» para evitar malentendidos y garantizar el paso seguro de los barcos comerciales, según un comunicado conjunto de los mediadores Qatar y Pakistán.
Dimitris Maniatis, CEO de la consultora de riesgos marítimos Marisks, calificó la situación como un «cambio espectacular», destacando el aumento reciente del tráfico a través del estrecho. Mientras algunos barcos pueden transitar por una ruta norteña con autorización iraní, la Marina estadounidense ha habilitado un corredor sur despejado de minas y obstáculos. Aun así, el tráfico sigue inferior a los niveles previos a la guerra, cuando más de 100 barcos atravesaban a diario.
Para los conductores y empresas de transporte en Reino Unido, la expectativa ahora está puesta en cómo y cuándo esta bajada del precio del crudo se reflejará en los precios en las estaciones de servicio.
Simon Williams, responsable de políticas en la RAC, señaló que, con la caída del precio del petróleo a niveles preconflicto, la gasolina debería bajar de 150 peniques por litro en una semana, mientras que el diésel podría volver a situarse por debajo de 160 peniques. La gasolina alcanzó su máximo en 159,53 peniques el 28 de mayo, y el diésel en 191,54 peniques el 15 de abril. Los conductores pueden seguir estos precios a diario mediante la herramienta Fuel Watch de la RAC.
En Estados Unidos, la gasolina regular ha bajado hasta unos 3,93 dólares por galón tras tocar los 4 dólares en abril, aunque sigue siendo considerablemente más cara que antes del conflicto.
La rapidez de esta caída ha generado tensiones políticas. El presidente Donald Trump ordenó abrir una investigación a las principales petroleras acusándolas de no reducir los precios en las gasolineras pese a la caída en el coste del crudo. En contraste, la American Petroleum Institute defendió que los precios de los combustibles no siempre bajan en paralelo con el petróleo.
En Reino Unido, las empresas energéticas también han sido señaladas por posibles incrementos injustificados, aunque el organismo regulador de la competencia aseguró el mes pasado que no detectó indicios generalizados de prácticas abusivas, apuntando que los márgenes medios se mantuvieron estables entre febrero y marzo.
De momento, esta bajada representa un alivio para las millones de pequeñas empresas que enfrentan el combustible como un coste inevitable, aunque la sostenibilidad de esta mejora dependerá de la estabilidad del acuerdo de paz y de cómo evolucionen los elevados costes energéticos que siguen presionando a la economía británica.

