Neurocientíficos desmienten que los móviles estén reconfigurando el cerebro de los niños

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Durante la reciente comparecencia ante el Comité de Ciencia, Innovación y Tecnología, diversos expertos en neurociencia aclararon que no existe evidencia sólida que demuestre que el uso de teléfonos móviles y redes sociales esté alterando el cerebro de los niños y adolescentes. Los investigadores subrayaron que la mayoría de los estudios son correlacionales y carecen de pruebas causales sobre los efectos reales en el desarrollo cerebral infantil.

El profesor Denis Mareschal, director del Centro para el Desarrollo Cerebral y Cognitivo en Birkbeck, destacó que apenas hay investigaciones confiables para los primeros años de vida. «No existe casi ningún estudio causal en la infancia. Casi todo lo que sabemos se basa en correlaciones», afirmó.

Cuando se abordó el impacto de las redes sociales en adolescentes, la profesora Sarah-Jayne Blakemore, de la Universidad de Cambridge, señaló que la evidencia disponible es escasa y débil, enfatizando que muchos de los pocos estudios realizados no han sido replicados y solo correlacionan datos sin establecer causalidad.

A pesar de esta falta de pruebas concluyentes, los especialistas expresaron preocupación sobre cómo el desarrollo adolescente es vulnerable, ya que el sistema de recompensas está muy activo mientras que las áreas responsables del autocontrol, como la corteza prefrontal, aún maduran. «Para un adulto ya es difícil dejar el móvil cuando continuamente aparecen contenidos interesantes, pero para un niño o un adolescente, cuyo cerebro sigue formándose, esta dificultad es aún mayor», explicó Blakemore.

Por su parte, la doctora Dusana Dorjee, de la Universidad de York, destacó un riesgo más tangible: la sustitución de actividades esenciales como el juego, la conversación o el deporte, por el exceso de tiempo frente a pantallas, poniendo en peligro el aprendizaje de la autorregulación y la interacción social multisensorial que los dispositivos digitales no pueden ofrecer.

Los expertos también alertaron sobre la importancia de diferenciar entre tipos de uso digital, ya que, por ejemplo, las videollamadas pueden fortalecer la conexión familiar, mientras que aplicaciones educativas no se equiparan con el consumo pasivo y prolongado en redes sociales basado en algoritmos.

Respecto a la edad recomendada para que los menores accedan a redes sociales, la neurociencia no proporciona una respuesta clara debido a la gran variabilidad en el desarrollo cerebral individual, según Blakemore.

Finalmente, el debate también abordó el papel de los asistentes de inteligencia artificial como compañeros digitales, un terreno en el que la evidencia científica es aún más escasa. Los expertos subrayaron la necesidad urgente de investigar cómo los niños interpretan y reaccionan ante estos agentes, para evitar confusiones sobre sus intenciones y comportamientos.

En resumen, la preocupación social por los efectos de la era digital en la infancia avanza a un ritmo mucho mayor que la producción de estudios científicos que la respalden, dejando el debate aún abierto y la necesidad de más investigación clara y rigurosa.

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